martes, 12 de junio de 2012

EL RIO NILO EN EL ANTIGUO EGIPTO

En el nordeste de África discurre un río muy poco corriente. Tiene una longitud de
4.157 millas —es el río más largo del mundo— y se llama Nilo, del nombre griego Neilos.

Se ignora de dónde proviene el nombre griego, pues para el pueblo que vivía en sus orillas
era simplemente «El Río».
En la porción más septentrional del Nilo surgió una de las dos civilizaciones más
antiguas del mundo; y a lo largo de seis milenios una sociedad compleja pobló sus orillas
con numerosas aldeas.

Durante la mayor parte de ese tiempo los orígenes del Nilo fueron un misterio. Sus
aguas corrían hacia el norte desde el lejano sur, pero nadie, en el mundo Mediterráneo
antiguo, pudo penetrar lo suficiente en las regiones meridionales como para alcanzar sus
fuentes. Para los antiguos, el problema de las «fuentes del Nilo» fue tan difícil de resolver
como el problema de la otra cara de la Luna» lo ha sido para nosotros hasta que los
satélites fueron capaces de fotografiarla.
Sólo en la segunda mitad del siglo XIX los viajeros europeos y americanos
consiguieron conocer el Nilo desde sus fuentes hasta su desembocadura. En 1857 el
inglés John Hanning Speke llegó hasta un gran lago que llamó Victoria, en honor de la
soberana que entonces reinaba en Gran Bretaña. El lago se hallaba justo en el ecuador, y
de él nacía el Nilo. Otros ríos afluían al lago desde los montes de Kenya, próximos al
sector central de la costa este africana.
A medida que el Nilo corre en dirección norte, hacia el mar, atraviesa cierto
número de regiones, en las que su cuenca va estrechándose y haciéndose cada vez más
escarpada. Las aguas caen violentamente sobre las rocas y acaban formando cataratas.
Los barcos no pueden navegar en tales aguas, y las cataratas sirven para dividir el río en
sectores.
Las cataratas se enumeran a partir de la desembocadura del río hacia el interior: la
Primera Catarata se encuentra a unas 600 millas de la costa. Hoy la catarata en cuestión
está próxima, por el sur, a una ciudad llamada Asuán, pero en los tiempos antiguos en
aquellos lugares había una ciudad llamada por los griegos Siene.
El tramo más septentrional del Nilo, entre la Primera Catarata y la desembocadura,
es el escenario principal de los acontecimientos que se describirán en este libro. Fue en
este tramo, que es navegable en toda su longitud incluso para las más sencillas
embarcaciones, donde surgió esta civilización tan notable.
El Nilo discurre a lo largo del borde oriental del Sahara. El Sahara (que en árabe
significa precisamente «desierto»), cubre la mayor parte del norte de África, y es tan
extenso como Estados Unidos. En realidad, se trata del mayor desierto del mundo. En
toda esta región tan amplia no llueve casi nunca. La única agua que puede encontrarse se
halla a gran profundidad, salvo en el caso de unos cuantos oasis, en los que el nivel del
agua alcanza la superficie.
Pero el Sahara no fue siempre una región desértica. Hace 20.000 años los
glaciares cubrían la mayor parte de Europa y vientos fríos llevaban la humedad hasta el
norte de África. Lo que ahora es desierto era entonces una tierra placentera con ríos y
lagos, bosques y praderas. Los hombres primitivos vagaban por ella, llevando consigo sus
instrumentos de piedra sin pulimentar.
De forma gradual, sin embargo, los glaciares comenzaron a retirarse y el clima fue
haciéndose cada vez más cálido y seco. Aparecieron las primeras sequías y la situación
fue empeorando paulatinamente. Las plantas murieron, y los animales se retiraron a regiones que conservaban todavía suficiente humedad y en las que se podía vivir.
También los hombres se retiraron, unos hacia el sur, hacia los trópicos; otros,
hacia la costa norte. Muchos fueron avanzando hacia las regiones próximas al Nilo, que
en estos remotos tiempos era mucho más ancho, y corría perezosamente a través de
extensas zonas cenagosas y pantanosas. Con todo, la cuenca del Nilo no era precisamente
un lugar adecuado para la vida humana: sólo lo sería cuando las tierras perdiesen algo de
su humedad.
Cuando esto ocurrió, el Nilo se convirtió en un don del cielo. Ya no importaba que
el clima fuese más o menos seco, pues el Nilo podía proporcionar suficiente agua para la
tierra y los hombres, haciendo que la vida a lo largo de sus orillas fuese no sólo posible,
sino confortable.
A lo largo del invierno las nieves se acumulan en la cúspide de las montañas de
África centro-oriental; en primavera sobrevienen las lluvias y la nieve se deshace. En
enormes cantidades, las aguas bajan de los montes hacia los ríos y grandes lagos de la
región. Estas aguas van al Nilo, y la corriente se va abriendo paso hacia el norte.
El Nilo se colma a causa de estas aguas, y se desborda, a partir del mes de julio,
alcanzando su máxima altura hacia comienzos de septiembre. Y no vuelve a su nivel
normal hasta octubre. En los meses en que el río permanece desbordado, las aguas cubren
las tierras sedientas y depositan una capa de fresco cieno, que la corriente ha traído desde
los montes del lejano sur. De este modo el terreno a lo largo de las orillas del río se
renueva constantemente y se mantiene fértil.
Cuando los hombres penetraron por primera vez en la cuenca del Nilo, las
inundaciones eran muy vastas y los extensos pantanos a ambos lados del río abundaban
en hipopótamos, antílopes, grullas y todo tipo de animales que podían ser cazados por el
hombre. Paulatinamente, el aumento de la sequedad fue limitando las tierras inundadas;
en ciertos casos éstas quedaron reducidas a la proximidad de las orillas del río, y durante
muchos milenios las porciones de tierra que van a beneficiarse por las crecidas serán, en
la mayor parte de su recorrido, de una anchura no superior a las doce millas.
Además, los suelos fértiles cultivables se detienen bruscamente en los límites de
las tierras inundadas, tan bruscamente que hoy en día hay numerosos lugares en los que
una persona puede tener el pie izquierdo apoyado en el suelo fértil y el derecho en suelo
desértico.

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